Cuando se estrenó El satánico Dr. No (Dr. No, Reino Unido, 1962) la historia del cine cambió para siempre. La primera adaptación del personaje de James Bond, creado por Ian Fleming, fue un furor que llega hasta el presente y que durante la década del sesenta provocó infinidad de imitaciones, parodias y relecturas que fueron del cine a la televisión y que viajaron por todo el planeta Tierra. No hay forma de medir hasta qué punto lo que explotó con James Bond alcanzó a todo el cine del mundo. Y aunque directores como Fritz Lang y Alfred Hitchcock lo habían mostrado previamente, el mundo de la Guerra fría encontró en el personaje creado por Ian Fleming el modelo ideal para entretenerse y a la vez adaptarse a un universo donde los héroes ya no eran como los de antes.
Una consecuencia de ese fenómeno, posiblemente una de las más raras, aunque vaya a uno a saber que hicieron otros países, fue la coproducción entre España y Argentina llamada Kuma-Ching (1969) dirigida por Daniel Tinayre. Su título en España fue Un ataúd para Hong Kong, posiblemente más efectivo a la hora del marketing. Esta comedia de acción con aires de James Bond podría ser una de tantas, pero para el público argentino es imposible que lo sea debido a muchos factores, empezando por su protagonista, nada menos que Luis Sandrini, una de las estrellas más grandes del espectáculo argentino, definitivamente un número uno del cine nacional. ¿Qué tiene que ver Don Luis Sandrini con el mundo de James Bond? Poco y nada, claro, porque el actor fue siempre famoso por sus dotes de comediante y su fama se la debe a la comedia. La única variación fue su combinación entre el humor y el melodrama, lo que llevó a acuñar una de las frases más famosas del mundo del espectáculo y la cultura popular en Argentina: “Te hace reír y te hace llorar, como una película de Sandrini”. Lo que nunca hacen las películas de Sandrini es parecerse a las de 007. Bueno, al menos hasta la llegada de Kuma-Ching.
Un importante científico español, Diego de Alcántara (Narciso Ibañez Menta) es secuestrado por el gobierno chino. No es un secuestro cualquiera, sino una complejísima operación estilo Misión: Imposible. Reconstruyen al milímetro su casa en España y la ubican en un lugar aislado semejante al cuál él vivía en su país. El truco dura demasiado para ser plausible, pero siendo él alguien que nunca abandona el hogar, hay que creer o se arruina la película. Él nunca se entera de que lo han trasladado a China, pero en su país es considerado un traidor. Su hija, Lola Reyes (Lola Flores) es una conocida cantante y bailaora, sufre las consecuencias de que su padre sea un paria, algo parecido a lo que le ocurría a Ingrid Bergman en Tuyo es mi corazón (Notorious, 1946) de Alfred Hitchcock. Cuando ella recibe un mensaje anónimo de la resistencia china contra el gobierno, decide viajar a Hong Kong para encontrarse con su padre. ¿Y Luis Sandrini? Bueno, ese es otro personaje y aparece a los 30 minutos de película.
Las fuerzas occidentales, encabezadas por el gobierno norteamericano, deciden buscar al científico español antes de que sus descubrimientos cambien el rumbo de la política mundial. Para eso buscan a un espía internacional que vive en Buenos Aires a quien piensan insertarle un aparato de rastreo e introducirlo en la China comunista para rescatar al científico. Pero las cosas no salen bien y el aparato, único en su tipo, termina siendo colocado en un porteño común y corriente, Carlos “Cacho” Spumarella (Luis Sandrini). El jefe de la operación, el Capitán Holmes (Juan Verdaguer) decide seguir adelante con el plan inicial: llevar a Cacho a China en un ataúd y que este realice la misión. Su destino, claro, se terminará cruzando con el de Lola. La idea del hombre común -y equivocado- metido en una aventura de espionaje también fue trabajado por Alfred Hitchcock en Intriga internacional (North By Northwest, 1959) película que muchos consideran como un antecedente de James Bond.
Daniel Tinayre, un experto en policiales y un conocido cinéfilo, sabía de géneros y tomó de aquí y de allá diferentes elementos para construir esta comedia de espionaje parcialmente filmada en China. Ver a Luis Sandrini corriendo por el puerto de Hong Kong ya justifica la existencia de la película. Si el James Bond más viejo de la pantalla lo interpretó Roger Moore con 58 años hay que decir que Sandrini, con 64 también está un poco pasado de edad. Sin embargo, al no ser un agente secreto, no hay reclamo para hacer. Lola Flores tenía 46 años, pero no hace de “chica Bond” sino que es la heroína junto con Sandrini. Pero el nivel de exigencia en el cast queda suspendido por completo gracias al nada tímido orgullo hispanoamericano de no temerle a nada y poner actores argentinos a interpretar chinos y norteamericanos sin pudor alguno. No es políticamente incorrecto, es una fiesta total. Todos, claro, hablan en castellano con los acentos de su país, aunque a veces van probando otros acentos. No tiene desperdicio. Luis Medina Castro interpreta al mayordomo traidor del científico, Liu, y su aspecto malvado y su afición a sacarle fotos a todo no levanta sospechas. Homero Cárpena y Alfredo Iglesias interpretan a los generales Chang y Ling respectivamente. En la resistencia china contra el gobierno encontramos nada menos que a Tincho Zabala y no se puede pedir más. Pero hay más. María Aurelia Bisutti interpreta a una mujer china con la cuál Cacho tendrá una noche de sexo. Ella cree que es su marido, pero descubre la verdad luego del encuentro y queda fascinada con el rendimiento del cerdo capitalista.
El guión es de Daniel Tinayre junto a Dalmiro Sáenz en su época de guionista. Eso explica algunas cosas. Pero el casting es intrépido porque sí. Entre los angloparlantes que hablan castellano están Verdaguer, pero también Jorge Rivera López, quien interpreta a Sanson, el agente secreto que finalmente no puede viajar a China, también aparece Floren Delbene, posiblemente como un gesto de amistad con un director con el que ya había trabajado anteriormente. Y hay muchos más rostros conocidos. A los que interpretan a personajes occidentales, no se les agrega maquillaje, algo hermoso que sí vemos en todos los argentinos que hacen de chinos. Hay, claro, verdaderos habitantes locales, pero solo en pocas escenas, aquellas filmadas en locaciones reales. Además de la mencionada, la más memorable es aquella en la que Sandrini entra a un restaurante con un perro que ha encontrado y en un malentendido el mozo se lo lleva y le dice: “Ya se lo preparo”. Cuando descubre el error entra a la cocina y lo rescata, pero luego lo suelta en la calle nuevamente. No sabemos el destino del perro, pero es un gag increíble, acompañado por el inevitable chiste previo de no saber comer arroz con palitos, el cliché inevitable de todo gran cómico de antaño.
Luego de un par de escenas, y todavía con los títulos a medio mostrar, aparece un cartel que dice “Los hechos que veremos en esta película son absolutamente verídicos y comenzar a suceder en un día como el de hoy… a mediados del año que viene…” lo cuál define bastante el tono delirante de lo que se va a ver, pero avisando que habrá un juego con la realidad. El líder a cargo al mando no se llama Mao, se llama Gao, para evitar problemas, y el Pentágono es el Octógono, pero esto último debe buscar más un chiste que otra cosa. Más adelante aparece un mural con la cara de Mao, pero nadie dice si es Gao o una casualidad. Referencias a la Guerra Fría aparecen aquí y allá, y también varios chistes sobre Argentina. El mejor es cuando están los oficiales del ejército de Gao y mientras citan frases de su líder uno dice: “Mejol que decil es hacel, mejol que prometel es realizal”. Su superior le pregunta: “¿Es de Gao ese pensamiento?” Y cuando le contesta que no, ahí mismo lo degrada de teniente a sargento. Más adelante alguien lee los textos de Gao que dicen: “Para un comunista no hay nada mejor que otro comunista, para dos comunistas no hay nada mejor que dos comunistas…” Y todos se duermen.
Daniel Tinayre estaba ya en el final de su carrera como cineasta y claramente este film tenía una búsqueda netamente comercial. Eso no le impide algunos encuadres sofisticados como los que solía hacer, pero en promedio todo es bastante simple por la falta de presupuesto para volver sofisticadas las escenas de acción. Imágenes en Hong Kong se mezclan con un back projection bastante burdo. La película no funcionó en taquilla a pesar de las dos estrellas y el gran elenco. Tal vez envalentonados por la moda de las malas palabras, Sandrini pronuncia un par y eso le valió a una película en teoría familiar una calificación más estricta, perdiendo parte de su público. No faltan, claro, canciones cantadas con alma y vida por Lola Flores ni tampoco todos los gestos de comedia de Luis Sandrini. Algunos chistes son idénticos a gags que se vieron en la serie El Superagente 86 (1965-1970) y otras referencias intencionales o simples copias de otras series o películas. Kuma-Ching dura 140 minutos, lo que muestra que no había timidez a la hora de armar la película. Alborotada, despareja, por momentos accidentalmente graciosa y por momentos insólita, se trata de una rareza para los amantes del cine argentino y las variaciones del género de espías. Al menos por un día, nuestro Luis Sandrini se convirtió en James Bond.