Hay algo único en el cine de la realizadora Chloé Zhao, algo que vale la pena destacar y con lo que es importante empezar esta crítica. Songs My Brothers Taught Me (2015), The Rider (2017), Nomaland (2020), Eternals (2021) y Hamnet (2025) están ordenadas cronológicamente pero también de mejor a peor. Sí, cada nueva película de esta directora nacida en China en el año 1982 tiene esa particularidad: es peor que la anterior. Es un descenso tranquilo y pausado, incluso le tomó cuatro años después de Eternals, un film de Marvel, encontrar el modo de seguir hacia abajo. Es casi una curiosidad morbosa la que ahora no hace pensar que hará a continuación, aunque es probable que se amesete aquí, finalmente. Hamnet no es un error en su carrera ni mucho menos, es sin duda un acierto, ya que ha sido reconocido por muchos y ha alcanzado el reconocimiento excesivo e inútil de los tiempos que corren. Antes un premio era una rareza, ahora si entrás bien en una temporada podés ganar 500 premios, lo que significa nada en términos de valores cinematográficos.
Hamnet se mueve por los carriles de la vieja escuela del llamado cine de qualité. Antes estas película tomaban a un autor prestigioso e importante y se subían sobre los hombros de ellos para que se les traspase automáticamente su prestigio. Año 2026 y esta idea sigue funcionando, pero necesita una vuelta más. Hamnet está basado en un libro que crea una ficción a partir de uno de esos autores, nada menos que William Shakespeare. Doble blindaje qualité, bien jugado. Lo siguiente, claro, son dos actores capaces de llorar fuerte a cámara. No son malos actores, no podrían serlo si los queremos hacer llorar en cámara. Pero no alcanza con eso, tienen que poder llorar mucho, porque no habrá una, ni dos, ni tres, ni dieciséis, sino un sinfín de llantos en cámara. ¿Imaginan un cine donde los personajes sufran de una manera que no sea llorando frente a cámara? Chloé Zhao no. Los actores no son los culpables, su adicción a los premios es algo probado. La cámara podría estar aquí, allá, más lejos o incluso tomarlos de forma lejana e incluso, pecado del pudoroso, tomarlos de espalda en esos momentos. Pero no, la cámara se acerca, casi hasta tocarlos. En una película de Mel Brooks los golpearía, pero acá no tenemos ese sentido del ridículo.
Hamnet es una película que habla sobre el poder sanador del arte. No es una interpretación, está mostrado de manera impúdica en una escena final que supera todos los límites de la vergüenza ajena. Incluso en un momento, Agnes (Jessie Buckley, relamiéndose de solo pensar en premios) le explica la obra a los que tiene alrededor y, por extensión a los espectadores. El poder sanador del arte, es decir la capacidad de permitirnos superar el dolor de la vida, está comprobado, pero acá la película trata sobre los involucrados con el arte, el autor de Hamlet y su esposa, los padres de Hamnet. Es una sanación para ellos dos. En ese sentido se parece a Valor sentimental, otra película premiada que ha compartido la obscena temporada de premios con Hamnet. En ambas los protagonistas de la obra son los que sanan, no los espectadores. Los involucrados directamente. Para un espectador, por ejemplo de cine, la sanación se da cuando la película es buena, no cuando parece un manual autoindulgente donde los artistas se autoproclaman las personas más importantes del mundo. Otra forma de ganar premios, claro, es hablar de que la profesión de los que hacen cine es la mejor profesión que existe.
Y si de premios hablamos, Steven Spielberg productor parece, dentro de su carrera extraordinaria, parece querer tomarse una vieja revancha. Hace cuarenta años produjo varios de los grandes clásicos de la década de los ochenta, luego se diversificó demasiado y algo producido por Spielberg puede ser excelente o mediocre. Produjo el díptico de Clint Eastwood La conquista del honor y Cartas desde Iwo Jima, por ejemplo, dos clásicos imprescindibles del siglo XXI. Como productor ejecutivo ya directamente no tiene ni siquiera responsabilidad. Hamnet entra en la lista de lo efectivo, pero no de lo bueno. Cuando Spielberg dirigió Rescatando al soldado Ryan (1998) sus posibilidades de ganar premios eran muchas. Comparado con el 2025, todavía ahí los premios eran muchos pero algo valiosos. Sin embargo, apareció Shakespeare apasionado (1998) y le terminó arrebatando, gracias en gran parte al lobby del nefasto Harvey Weinstein, el Oscar mayor. Spielberg ganó mejor director, bueno sería que no lo hubiera ganado, pero no mejor película. Años más tarde aparece ahora con Hamnet, otro film a la medida de los premios para recuperar ese Oscar perdido. Pero no todo es tan fácil, hay nuevas competencias. Lo divertido de las películas creadas para la alfombra roja es que si son ignoradas ya nadie las acusa de eso y pueden vivir liberadas de esa presión. Liberadas y olvidadas, digamos todo.
Chloé Zhao es una directora que cayó en el lugar adecuado en el momento adecuado. Inmigrante china, obviamente mujer, apareció en el mundo del cine cuando todos sentían culpa por no premiar mujeres y con una pasión por crear una diversidad también racial para los Oscars. Ella solo estuvo, nada más, y así le cayeron los premios y las nominaciones. Si el arte se midiera por premios, ella sería más importante que Howard Hawks, por ejemplo. Nada más que agregar de los locos tiempos que vivimos. Gracias a Dios, la enorme Kathryn Bigelow ganó, merecidamente, el Oscar por The Hurt Locker (2008) en el 2009. Justamente, en el 2025 Bigelow volvió a mostrar su maestría en la dirección con Una casa de dinamita, pero no tuvo premio alguno. Chloé Zhao tuvo suerte, repetimos, porque su estilo primitivo, básico, de falta de ideas disfrazada de realismo, funcionó muy bien en sus primeros dos largometrajes, pero luego mostró que era una limitación seria. Ya había entrado, sólo había que resistir la posición ganada. Cuando se cruzó con Marvel quedó claro que no podía ni filmar un cumpleaños de 15 sí requería alguna idea extra de puesta en escena, pero sobrevivió, lloró todo el camino al banco como se dice, y ahora recuperó su forma. Una manera extra para acercarse a los premios es tener una directora mujer en el 2025. Y extranjera.
Hamnet tiene autorización para poner imágenes de corte fantástico y el aberrante recurso -en cine- de los fantasmas. Siendo que se habla de la obra Hamlet, está permitido. No se iba privar de tenerlos. Y no lo hace tampoco con sutileza. Lo que sí evita, con decisión indiscutible, es la religión, el dolor y la muerte no se vinculan con la religión en ningún momento. Es un dolor contemporáneo que esquiva la sensibilidad de aquellos años. Agnes cree en la naturaleza, no en Dios. La película es clara a la hora de alterar la realidad espiritual de William Shakespeare. Siendo una obra de ficción, tiene derecho a hacerlo. Tenemos también no una, sino dos, escenas con del soliloquio de Hamlet y la frase más famosa de la historia del teatro, el ser o no ser. Al ver eso dos películas vinieron a mi mente: Ser o no ser (1942) de Ernest Lubitsch y My Darling Clementine (1946) de John Ford. En el primero de los casos, queda claro el poder del arte y el humor para todo, absolutamente todo, lo horrible que pueda pasar en la vida y en el mundo. Y en el western fordiano, Doc Holliday observa a un actor en decadencia expresar las palabras que están su apesadumbrado corazón. El arte mejora la vida, William Shakespeare es uno de los gigantes de la humanidad, el cine ha sabido aprovecharlo, Hamnet no es uno de esos casos.