El cine de Cantinflas

A partir de septiembre del 2026, y durante un tiempo limitado, Netflix ha subido a su catálogo más de treinta y cinco películas protagonizadas por Cantinflas. No hay mejor oportunidad para repasar y tratar de entender este fenómeno cultural sin precedentes ni herederos en la historia del cine mexicano. Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes nació el 12 de agosto de 1911 en la Ciudad de México. Fue el sexto de catorce hermanos, de los cuáles sólo ocho sobrevivieron al parto. Su origen humilde sirvió de material para su obra como comediante, luego de un conocido paso por diferentes oficios e incluso un intento de ser boxeador y también torero. Esto último sí se concretó, pero como payaso de toreo, algo que plasmará en varias de sus más famosas películas. Se casó a la edad de veintitrés años con la actriz ruso mexicana Valentina Ivanova y el matrimonio siguió hasta la muerte de ella ocurrida en 1966. Mario Arturo Moreno Ivanova, nacido en 1960 y fallecido en el año 2017. Cantinflas murió el veinte de abril del año 1993 a la edad de ochenta y un años. Luego de su muerte su hijo y su sobrino pelearon los por los derechos de treinta y cuatro de sus películas, pero luego de idas y vueltas, esas películas quedaron en manos de Columbia Pictures. De un total de cuarenta y cinco títulos estelarizados por Cantinflas, treinta y cinco estarán durante unos meses en streaming, motivo de festejo, pero también una invitación a dar una vuelta y ver alguno de ellos, para que las plataformas entiendan la importancia de poner clásicos en su catálogo.

Cantinflas, como buen cómico, creó un personaje. No fue siempre ese personaje en las películas, pero en todas, incluso en las que no era el Cantinflas más habitual, se parecía en algo. Fue un gigante de la comedia latinoamericana al poner en la pantalla el arquetipo de “peladito”, personaje marginado, de barrio pobre, sin dinero ni educación formal. No era así Cantinflas en la vida real, ni siquiera al comenzar su carrera, fue una construcción armada a partir de la observación, como lo han hecho otros cómicos del mundo. Algo parecido a lo que supo hacer Niní Marshall en Argentina, pero ella tuvo dos personajes principales y otras creaciones. Cantinflas llevaba su pantalón holgado, caído, atado con un cordón. Camiseta vieja y un trapo al hombro al que llamaba gabardina. Sombrero de fieltro arrugado y el característico bigote a los extremos de la boca. De todo eso, lo que se mantuvo intacto fue el bigote, el resto se fue acomodando al tipo de película y edad del actor.

Pero Cantinflas no solo era una imagen instantánea reconocible, sino, y tal vez más aún, una forma de hablar. Hablaba de forma rápida, absurda, incoherente, con muchas palabras y sin decir nada, inventando términos y juegos de palabras. Un verdadero arte que daba cuenta de una persona inculta pero inteligente, alguien que sobrevivía a situaciones de peligro o complicaciones a través de esta ametralladora de neologismos, oraciones contradictorias y chistes veloces. A tal punto esto fue su marca que se llamó cantinflear y hasta la RAE lo aceptó e incorporó al diccionario.

Luego de circos y teatros, sus inicios artísticos, Cantinflas pasó al cine y luego de tres largometrajes llegó el cuarto y con él la consagración. Ahí está el detalle (1941) fue un éxito total y en menos de una década el actor era ya uno de los pilares de la Edad de Oro del cine mexicano, luego del nacimiento del sonoro y coincidiendo con el crecimiento de la industria. Junto a Pedro Infante y María Félix, conformó la santísima trinidad de la industria cinematográfica de México. Pero a diferencias de estos dos gigantes, Cantinflas representó en la pantalla a personajes populares, vinculados con las vivencias más cotidianas, no solo al hablar, sino también por las muchas profesiones humildes que él supo tener en el cine. La taquilla, además, lo acompañó como a ningún otro en su prolífica carrera.

Una de las películas que mejor capitaliza el explosivo éxito fue El gendarme desconocido (1941) el primer largometraje de Cantinflas dirigido por Miguel M. Delgado, quién sería el director de casi todas las películas del cómico hasta el final de su carrera. En la película Cantinflas (2014),  la biopic del actor, se insinúa que Juan Bustillo Oro, el director de Ahí está el detalle, no soportaba las improvisaciones de Cantinflas, mientras que Miguel M. Delgado era capaz de entender que su función consistía en acompañar al cómico, no dirigirlo.  Lo cierto es que la continuidad artística con Ahí está el detalle es evidente. El personaje principal, un pícaro convertido en gendarme, volvería -de una manera no del todo oficial como secuela- en El bombero atómico (1952) y en El patrullero 777 (1978), una de sus últimas películas. El gendarme desconocido tiene los enredos típicos de Cantinflas en algún oficio y aunque el traje inicial es el que lo hizo famoso, luego con el uniforme sigue viéndose igual en el aspecto. Una marcada herencia de comedia silente al estilo Stan Laurel y Oliver Hardy, así como también de Los tres chiflados, marca los recursos de comedia slapstick aplicados en algunas escenas. La trama policial es sencilla y liviana, como siempre. Y la película empieza con un cartel homenajeando a la policía mexicana, por si acaso.

Los tres mosqueteros (1942) fue su adaptación de la novela de Alexandre Dumas. La historia original es tan perfecta que casi todas las películas que adaptan su conflicto central terminan funcionando, en cualquier país o en cualquier época, siempre y cuando no se le agreguen cosas que entren en contradicción con la historia. En este caso la resolución es una estructura típica de protagonista contemporáneo soñando que es el protagonista de una historia clásica. Cantinflas rescata las joyas de una actriz y esta lo invita a que visite los estudios donde trabaja. Allí, luego de algunas de sus habituales torpezas, se queda dormido y sueña que es D´Artagnan. El resto es la novela de Dumas, pero a la mexicana. Todas las expresiones del actor se conservan, sin preocuparse por el verosímil en lo más mínimo, al fin y al cabo es un sueño. Ver a los mosqueteros, Athos, Porthos y Aramis cantando rancheras es un tesoro absoluto que cualquier admirador de Dumas o Cantinflas sabe valorar en su justa medida. Una combinación brillante para la mejor de las varias parodias que hizo.

El circo (1943) es una de las películas que más suele asociar a Cantinflas con Charles Chaplin. No sólo Chaplin tiene una película del mismo nombre, sino que la estructura de comedia se parece en muchos aspectos. El vagabundo de Charles Chaplin es como el personaje creado por Moreno, es decir un gran arquetipo de cómico que se sostiene a lo largo de su filmografía. Cantinflas y Chaplin se encontraron en Hollywood en la década del cincuenta y tuvieron un segundo encuentro en Europa años más tarde. Chaplin declaró públicamente su admiración por su par mexicano y en su larga relación por correspondencia llegaron incluso a soñar un proyecto juntos que nunca se concretó.

Su forma de hablar sin decir nos hace recordar a los argentinos al comediante Fidel Pintos, un sanatero con mucho de Cantinflas. El diccionario de lunfardo define la “sanata” como manera de hablar confusa, incomprensible, en la que se expone un argumento sin sentido ni ideas claras. La filmografía de Fidel Pintos fue mucho menor y lució más ese estilo en televisión. El cantinfleo fue cambiando poco a poco a lo largo de los años. En sus roles didácticos, el uso del lenguaje se cuidaba mucho más, aunque siempre hubo espacio para expresiones fieles a sus orígenes y discursos alborotados que nunca dejaron se ser lo más gracioso del actor. Los juegos con el idioma eran la muestra más completa del genio de Cantinflas. Una parte de esa locura idiomática se pudo ver en otro cómico argentino, Carlitos Balá, que llevó ese concepto a ritmos frenéticos. La relación entre la comedia mexicana y argentina no es menor.

Su filmografía fue moviéndose poco a poco de la comedia física a la conciencia social, aunque esta última nunca faltó en su cine. Hay películas de humor más absurdo y otras con discurso político, pero el ritmo de su cine de los cuarenta y principios de los cincuenta tenía el timing y la puesta en escena del cine clásico. Sus parodias eran particularmente brillantes. En muchas películas él solía mostrarse ejerciendo de forma torpe una profesión. En algún caso en particular, como Si yo fuera diputado (1952), el discurso político contra los poderosos y la política es explícito y está en el centro. La corrupción fue un tema recurrente en su cine, así como también los villanos que querían imponer sus ideas por la fuerza.

 El primer film en colores de Cantinflas fue una superproducción de Hollywood de una ambición sin precedentes: La vuelta al mundo en ochenta días (Around the World in Eighty Days, Estados Unidos, 1956) dirigida por Michael Anderson. Esta adaptación de la novela de Jules Verne fue el sueño absurdo y desmesurado del productor Michael Todd, el productor de Esto es cinerama (This is Cinerama, 1952). Filmada en locaciones por todo el mundo, la película fue todo el tiempo un proyecto al borde del desastre. David Niven interpretó a Phileas Fogg, un rol hecho a su medida, pero la osadía de Michael Todd fue convocar a Cantinflas para interpretar a Passepartout. Este escándalo de casting hizo que pocos notaran que Shirley MacLaine era una princesa india, Aouda. Este largometraje es considerado el que instaló el concepto de cameo en el cine (sin haberlo inventado, pero sí nombrado), es decir la presencia de grandes estrellas en roles muy pequeños. Algunos de estos cameos fueron de Frank Sinatra, Marlene Dietrich, Buster Keaton, Noël Coward, John Gielgud, Charles Boyer, Fernandel, Peter Lorre, George Raft, Red Skelton, John Carradine, Ronald Colman, Luis Miguel Dominguín, Sir Cedric Hardwicke, Cesar Romero, Gilbert Roland, John Mills, Beatrice Lillie, Jack Oakie y Victor McLaglen. La película fue un éxito enorme a nivel mundial y ganó varios premios Oscar, incluyendo mejor película. Cantinflas, para quién se agrandó notablemente la presencia de su personaje en el guión, ganó el Globo de Oro a mejor actor de comedia. Cantinflas era una estrella internacional de primer nivel.

Luego del éxito de La vuelta al mundo en 80 días Cantinflas aprovechó el éxito para realizar su primera película en colores, El bolero de Raquel, una comedia de las más icónicas del actor. El título juega con el hecho de que el protagonista es bolero -nombre en México para los lustrabotas- y está enamorado de Raquel, la maestra de su ahijado. Una de las escenas más famosas es aquella en la cuál Cantinflas se sube al escenario de un club nocturno y baila El bolero de Ravel junto a una bailarina que lo está bailando en serio. El contraste entre el baile sensual y la comedia es el gran momento del film. Luego tiene elementos para aprovechar el color, como un viaje a Acapulco, y una escena lacrimógena aliviada luego por un final feliz.

Cuando Cantinflas decidió volver a Hollywood, lo hizo con Pepe (1960) dirigida por George Sidney. La película se filmó en México y en Estados Unidos, lo que complicó la logística. Era la recepción oficial de Cantinflas en Estados Unidos, buscando imitar el insólito número de cameos de La vuelta al mundo en ochenta días. Entre Hollywood y Las Vegas, aparecen Joey Bishop, Maurice Chevalier, Charles Coburn, Richard Conte, Bing Crosby, Tony Curtis, Bobby Darin, Sammy Davis Jr., Jimmy Durante, Zsa Zsa Gabor, Judy Garland, Greer Garson, Hedda Hopper, Peter Lawford, Janet Leigh, Jack Lemmon, Dean Martin, Kim Novak, André Previn, Donna Reed, Debbie Reynolds, Edward G. Robinson, Cesar Romero, Frank Sinatra y otros. Pepe tiene su momento -notable- de payaso de rodeo y su personaje es un mozo de cuadra que viaja a Estados Unidos siguiendo a su caballo favorito, Don Juan, que ha sido vendido a un productor de Hollywood. La película falla por su exceso de cameos injustificados, pero además algunos números musicales imposibles.  En la historia Pepe conoce a Suzie Murphy (Shirley Jones), una extra de cine de la que se enamora y a quien quiere ayudar con su carrera, presentándosela a su nuevo jefe, el productor Ted Holt (Dan Dailey). El fracaso de taquilla cerró para siempre el interés de Cantinflas por Hollywood y regresó sólo para un proyecto fallido y desaparecido llamado The Great Sex War (1969). Pasó en 1973 por España para filmar junto a Fernando Fernán Gómez Don Quijote cabalga de nuevo. Si había podido interpretar a Passepartout, no había mucho inconveniente en hacer de Sancho Panza, aunque fuera nuevamente un rol secundario.

En El analfabeto (1961) interpreta a Inocencio Prieto y Calvo, un hombre humilde y honesto que no sabe leer ni escribir. Por ese motivo pierde su trabajo de carpintero. Le llega una carta de un notario y luego de buscar que alguien se la lea, entiende que no puede seguir así y se anota en la escuela para aprender a leer y escribir, con la estricta decisión de que nadie, excepto él mismo, lea la carta. Consigue trabajo limpiando un banco mientras aprende a leer. Se trata de la etapa didáctica de Cantinflas, con lecciones de vida y, en este caso, un discurso inequívoco para combatir el analfabetismo. La bondad del protagonista choca contra la maldad de las personas instruidas, pero su madrina, su jefe, su maestro y su novia lo apoyan incondicionalmente sin importar su condición social o su analfabetismo inicial.

El punto más alto de la lucha de Cantinflas contra la explotación y en favor de la alfabetización lo alcanza en el El profe (1971), donde interpreta a un maestro que llega un pueblo y genera una revolución al querer educar a todos los niños, trastocando el orden de abuso de los trabajadores no instruidos por parte de los poderosos del lugar. Este discurso se repite mucho en la última parte de la obra de Cantinflas. Y aunque se asocia este período como muy conservador, aun así el discurso político no lo es tanto en ese aspecto. Lo que se arruina es el humor, que cede demasiado espacio a los discursos solemnes y las escenas dramáticas. Algo parecido a lo que en Argentina ocurrió con el cómico más popular del cine, Luis Sandrini, que terminó, como Cantinflas, siendo el representante de las figuras de autoridad luego de representar el personaje contrario al comienzo de su filmografía. El conservadurismo se muestra en el humor. Si tomáramos al personaje de Cantinflas el gendarme 777, en el tríptico no oficial de El gendarme desconocido (1941), El bombero atómico (1953) y El patrullero 777 (1978), veríamos como la comedia slapstick, el caos y el cuestionamiento de la autoridad con humor se transforma en muchas escenas dramáticas, paternalismo y defensa contundente de la fuerza policial en épocas de cuestionamiento de esta en México. Pero para quien no conoce el contexto, la diferencia entre las tres películas está en la necesidad de hacer declaraciones solemnes en lugar de confiar en la potencia del humor. Como ya fue mencionado, Cantinflas ya no viste como su personaje, sino que en su rol del sargento Diógenes Bravo que se encarga de proteger a una joven prostituta, usa un uniforme formal y prolijo.

La despedida de Cantinflas fue en El barrendero (1982) interpretando a Napoleón Pérez García, Don Napo. Tiene un sutil regreso a algunos de los conceptos iniciales de su obra. Cantinflas realizando un oficio humilde, generando caos en varias escenas y recuperando su vínculo con lo popular. Tiene algún pequeño momento didáctico pero menos que sus predecesoras y también un poco de sentimentalismo. Aún así, su mayor valor está en verlo despedirse de la pantalla después de una carrera cinematográfica iniciada en 1936. Un momento memorable es cuando pasea con una de las empleadas domésticas que aparecen en la película por los canales de Xochimilco en bote. No solo comen una comida típica mexicana, sino que además otro bote con mariachis lo acompaña mientras Cantinflas canta una versión adaptada de El Rey. Hay también una escena de cantinfleo memorable, en una junta de trabajadores, el último de su carrera.

La posibilidad de ver la casi totalidad de la filmografía de Cantinflas en excelentes copias es en sí mismo un motivo de alegría. Explorar en serio la obra de una de las estrellas más populares de la historia del cine teniendo sus películas en buena calidad, es un viaje por el cine de cuatro décadas, con los cambios no solo del actor, sino también de la forma de hacer cine, así como los diferentes períodos de una sociedad. No hay una sola de todas las películas donde falte una buena carcajada. Incluso vistas todos en menos de quince días, no resultan agotadoras. Hay varios clásicos recomendables que merecen figurar en la historia, además del disfrute de verlas nuevamente. Hay otras irrelevantes y algunas envejecidas desde su nacimiento. Todas las escenas de serenata son delirantes y todas justifican las películas donde aparecen. Comparar a Cantinflas con cómicos de todo el mundo y viceversa, es la prueba de la universalidad del humor. Aunque sea el más mexicano de los cómicos, Mario Moreno es un tesoro de la humanidad. Bueno, ya saben, ahí está el detalle.

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