Un pastel para el presidente (Mamlaket Al-Qasab/The President’s Cake, Irak/Estados Unidos/Catar, 2025) es el primer largometraje del iraquí Hasan Hadi y ganó la Cámara de Oro y el Premio del Público de la Quincena de Realizadores en Cannes 2025. La historia transcurre en el Irak de 1991, bajo las sanciones posteriores a la Guerra del Golfo. Lamia, una niña de nueve años que vive con su abuela, es elegida en la escuela para preparar la torta de cumpleaños de Saddam Hussein. Negarse puede significar la cárcel o la muerte. Con su amigo Saeed y su gallo Hindi, la niña recorre pueblos y ciudades en busca de harina, azúcar y huevos, que escasean.
Los primeros tramos remiten al cine iraní de niños en peligro, sobre todo al de Jafar Panahi. Hay una cámara cercana a los personajes, una trama mínima que se apoya en un objetivo concreto y una mirada infantil que deja ver, sin explicarlo, el peso del poder sobre lo cotidiano. En esos pasajes la película observa más de lo que subraya, y es donde mejor funciona. Este tipo de relatos simbólicos con protagonistas infantiles también se han visto en el cine de Abbas Kiarostami. Pero estas sutilezas se despliegan más que nada en la primera parte.
Pasado ese comienzo, el relato adopta los códigos narrativos más habituales de un cine estándar: la estructura de viaje con obstáculos, los personajes secundarios que ayudan o complican, los giros previsibles y una emoción que se busca de manera más directa. Nada de eso se resuelve mal, y Hadi maneja con oficio el ritmo y las situaciones, pero la sutileza inicial cede a otros códigos. Algunas fuentes dicen que el productor Eric Roth pudo haber participado del guión, pero esto no está acreditado del todo. Lo que parecía una película de observación se convierte en una fábula de resistencia y supervivencia de contornos más convencionales.
Aun así, es un debut sólido. Tiene un buen pulso visual, un retrato eficaz de la escasez y del miedo cotidiano, y la mirada de la protagonista autenticidad y humanidad a un material que podría haber sido más solemne. No alcanza la profundidad de sus modelos más evidentes, pero tampoco los traiciona. Es una película bien narrada, con algo de humor y también de angustia, que gana más por su sensibilidad que por su audacia formal. El término medio para verse diferente y al mismo tiempo parecido a un gusto más masivo.